(Redacción Imbabura).- Los indígenas otavaleños tienen una interesante historia por el mundo. Están en las calles y ferias de Milán, Berlín, Madrid o El Cairo; en el verano de Génova o el invierno de New York. Se desplazan como nómadas y el espacio más pequeño para ellos significa la posibilidad de vender sacos, bufandas, gorras, guantes y otra variedad de productos con lana de borrego que durante décadas se han convertido en una marca de país.

Los grupos de música folclórica con sus guitarras, charangos, rondadores, flautas y otros instrumentos andinos animan la vida en parques, en elegantes escenarios o en las estaciones del metro, en donde siguen cosechando aplausos, admiración y respeto.

Una indiscutible habilidad para el comercio nacional e internacional les permitió a través de mucho tiempo crear una interesante red de carácter familiar y comunitario para brindar al mundo sus artesanías y la música.

La modernización y un mercado cada vez más grande permitió que las exportaciones crecieran con la introducción de maquinaria sofisticada y, los telares manuales – una tradición heredada por generaciones-, se resisten a desaparecer entre el golpeteo incesante de sus ingeniosas invenciones y la  paciencia de los artesanos que nos entregan tejidos de diseños atractivos y excelente calidad.

Cuando José Luis Farinango, un indígena de la comuna de Quinchuquí, cerca de Otavalo, decidió dejar su trabajo de albañil en las Islas Galápagos y retornar a su tierra para volcar toda su energía en los telares de antigua tradición. Sus jornadas comienzan en la madrugada para despachar pedidos de clientes que venden en los mercados locales y otros que exportan a Europa.

Ahora, José Luis enfrenta un nuevo desafío junto a varias familias de la cercana comunidad de Zuleta: trabajar con fibra de alpaca, una de las más finas del mundo, hipo alergénica y con cápsulas microscópicas de aire que permite lograr prendas térmicas, livianas y transpirables.

Además, por su estructura anatómica la alpaca es más liviana que las vacas. Tienen almohadillas en lugar de cascos y no apisonan el suelo evitando la compactación de los páramos.

Hace poco tiempo, llegó a estas comunidades la fundación Paqocha, quienes ya tenían experiencia con indígenas quichuas en los páramos de la sierra norte y han revivido el proceso artesanal de la fibra de alpaca, rescatando el hilado a mano, el tejido en telar de espalda (Pre-colonial) y técnicas de teñido con minerales, plantas, flores y cochinilla.

Junto a técnicos de la Prefectura de Imbabura implementaron un proyecto que beneficia a las mujeres de las comunidades de Morochos, Cajas, Zuleta, y La Florida de Mariano Acosta para mejorar la calidad de las fibras que esquilan de alpacas en verano, pues la fibra debe estar seca para facilitar al hilado.

Acá se invirtieron recursos económicos basados en tres ejes fundamentales: la protección de los páramos que rodean a estas comunidades, la alpaca como un animal productivo de fácil adaptabilidad y como una fuente potencial de ingresos a través del turismo comunitario. La Prefectura de Imbabura invirtió 30 mil dólares.

Otra de las fundaciones que fortalecen esta alianza para ofrecer oportunidades de trabajo a grupos vulnerables es CODESPA, cuya misión es liderar y ejecutar proyectos de alto impacto social generando fuentes de trabajo e ingresos económicos, invirtió 17 mil dólares.

En Zuleta el  proceso de hilado a mano lo realizan las mujeres como una actividad que no rompe su cotidianidad; y se complementa con el  pastoreo de las ovejas, vacas o alpacas y poder movilizarse de un lugar a otro sin interferir sus actividades con la familia o los compromisos que tienen con las organizaciones indígenas y campesinas.

Las alpacas no solamente cambiaron el paisaje en estas comunidades, tampoco es una versión de novelería desarrollista o el capricho de instituciones y fundaciones que buscan protagonismo, son sencillamente fuentes de ingresos extra para familias que viven nuevos desafíos.

Las mujeres en Zuleta tejen con paciencia y conversan animadas sobre las situaciones y personas que les preocupan; ríen de las ocurrencias y vuelcan su habilidad en sencillas prendas multicolores de alpaca, soñando en el momento cuando los turistas o comerciantes reconozcan el verdadero valor de su trabajo.

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