Por: Rubén Darío Buitrón

Vacío de cielo y de suelo intento detener mis pasos en el aire, asirme al primer recuerdo que me tiende sus manos en el centro del desequilibrio.

Ahora he muerto en ellos como ellos hubieran muerto en mí.

Desde hoy somos tres multiplicados por millones de tres, aunque cada una de las vidas no atraviese el imposible olor de la resurrección.

Venero una trinidad mundana y común, abandonada por la pirámide divina.

Cortan el aire los inútiles vientos de la contradicción: ser demasiado humanos nos dibuja frágiles y prescindibles.

Nadie devuelve nada de lo que se pierde.

No existe el destino sino la voluntad de unos hombres contra otros, como una bala cercana disparada a miles de kilómetros por hora.

No existe el allá sin hambre ni sed: decir allá solo es decir acá.

Vacío de cielo y de suelo intento abrazar a uno de los tres, a dos de los tres, a tres de los tres, pero a esta hora ya son intangibles, ya son almas de nube, ya son huellas imposibles de escapar de ningún paraíso, ya son ángeles solidarios cerrándome por fuera las puertas de los próximos infiernos.

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